Aquí sus choperas vuelan mientras miras por la ventana y sitias la memoria para permanecer callado, dejar pasar el tiempo. Las risas de los niños que anduvieron sus calles hacia la veiganevada, y pasaron por su casa, se asomaron para ser invitados a entrar, parecía una bruja, pero no lo era, aunque mantuviera esas verrugas en la nariz, y su voz estuviera ronca por culpa de aquellos fríos que en su vida llamaron más de una vez a su puerta. Era una bruja buena, una contadora de cuentos, una singular habitante de la zona, que reside en la mente de todos sus habitantes, y que planea en cada una de las mujeres que aún quedan caminando cabizbajas y sonrientes al que las visita.
Es como cualquier otro lugar entre amplios valles que en otoño dejan caer sus hojas, salvo el poderoso roble que resiste hasta la llegada de la nueva y va cayendo poco a poco, como aquellas primaveras en las que aún sorprende alguna última nevada, o los veranos de risas y visitas, pero sin embargo, algo de especial debe de tener el sitio, porque aunque decaiga, los que se fueron siempre vuelven, y siempre sienten nostalgia de él, aun en dificultades, vuelan hacia su más ansiada felicidad, existir allí…
Felices Fiestas y próspero 2008 de reencuentros.

Que poeta! Gracias, Guti, por este post encantador.